lunes, junio 25, 2007

GUERREROS

No es la hora del llanto sino del orgullo: el que avivan unos jóvenes soldados caídos en cumplimiento de su deber. Gloria, pues, a quien hizo bueno el juramento de, llegado el caso, dar su vida por España; los soldados caídos en el Líbano entregaron su vida por todos nosotros. Resulta penoso que, desde algunos medios de comunicación, se ponga el acento en si son colombianos o podencos... ¡Paparruchas! Estos soldados portan orgullosos la rojigualda en sus hombros allende los mares, colgando de su entrepierna lo mismito que luce el toro de Osborne ¿Existe mayor prueba de españolidad que esa? Que levanten la mano todos los valientes de salón que procederemos al recuento.

Cuando muchos jóvenes occidentales desperdician su vida entre drogas, o se matan los fines de semana en accidentes de coche –llevándose a otros de por medio– borrachos como piojos a los sones del chunda-chunda más neurótico, existen otros jóvenes que hacen del sacrificio su profesión. Y lo hacen sin escapatorias retóricas sobre cómo vivir de papá hasta poder vivir de los hijos, ni tampoco dedicándose a ‘okupar’ propiedades privadas por la cara –dura cual adoquín– con excusas de tío perro y vago. Nada de eso. Estos jóvenes, algunos llegados de fuera de España, se labran su propio futuro asegurando el de todos nosotros, servidores como son de un Estado democrático y de Derecho que legisla hasta la sangre, el sudor y las lágrimas que en ocasiones cuesta la liberad, la paz y la seguridad de todos. ¿O es que alguien se había creído eso de que la libertad y la paz se consiguen negociando con quienes desprecian dichos valores superiores? Craso error. Desacierto imperdonable que nos desarma anímica y moralmente ante quien percibe dicho simplismo como una muestra de debilidad. El totalitarismo, su terror y cualquiera de sus ataques, sólo deben toparse con una inquebrantable firmeza cimentada en los valores occidentales de libertad, democracia y Estado de Derecho. Valores que son defendidos por nuestros soldados en el extranjero, y por los cuales son atacados.

Los pusilánimes gimen y exhalan desde las alcachofas mediáticas su cobardía: pobres chicos, estaban repartiendo bocadillos; llevaban el casco azul y actuaban bajo mandato de la ONU; ayudan a todos los pueblos y todas las religiones, ideologías y tendencias sin excepción; son los mejores embajadores de la alianza de civilizaciones... ¡Gilipolleces! Bobería peligrosa utilizada –políticamente– para descontextualizar una realidad que termina imponiéndose brutalmente: el yihadismo terrorista ha declarado la guerra a Occidente en todo tiempo y lugar. Por lo que somos sus enemigos. Y, por tanto, conviene aceptar que ni cien mil bocadillos y cincuenta mil tiritas conseguirán calmar su ambición por destruirnos y someternos. Ante lo cual sólo cabe prepararse para resistir y sufrir, o huir. Si decidimos resistir, si creemos en nosotros y nuestros valores frente a la barbarie, ganaremos. Contamos con un plantel de bravos soldados –han demostrado que sacrificarán su propia vida por salvaguardar la nuestra– dispuestos siempre para defender la Civilización Occidental; siempre, claro, que hayan leído a los clásicos y no sucumban al cerote progre-buenista.

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